jueves 25 de diciembre de 2008

Tommy Barban en el muro

La primera vez que vimos el Cementerio de la Chacarita, habríamos estrellado el jeep contra uno de los "paredones interminables" que cantó Borges si la amiga con quien acabábamos de compartir la vuelta de Jack Daniels en el último bar del centro que todavía tolera, y hasta festeja, nuestras idiosincrasias, no hubiera gritado a tiempo: "¡Guarda con la pared, infeliz!"

La segunda vez, en lugar de esquivarlo, tuvimos que entrar por la puerta de la calle Jorge Newbery para cumplir un encargo de Dorian Gray, aquel a quien antes llamábamos "Papi" pero ya no nos sale. Hay padres que les solucionan los problemas a sus hijos y otros que se los crean. Por ejemplo: El año pasado, Mami nos llamó para contarnos que había comprado tres parcelas en el Cementerio Jardín de Funes, un pueblo de las afueras de Rosario; la del medio para ella y las de los costados para sus dos hijos. Bien mirado, no deja de ser una solución. Hace seis semanas, en cambio, Dorian Gray nos mandó con una moto el "último aviso" del Cementerio Británico por la falta de pago del alquiler de la tumba de nuestro abuelo, Lolo Barban. En el dorso del aviso, Dorian Gray nos había escrito un mensaje: "Tomás: No es para pagar. Cuando compré no me dijeron que las tumbas no eran permanentes. Para mí quiero una cremación."

Un problema


El pago de la deuda atrasada se lo delegamos a nuestra eficaz secretaria ¡Caaaarmen!, pero de la futura cremación de Dorian Gray decidimos ocuparnos personalmente.

Nuestro primer intento de obtener información y, de ser posible, reservar turno fracasó cuando la señorita Alicia, del servicio de urgencias de Lázaro Costa ("0800-222-urgencias: el número que le dará la contención y orientación indispensables en los momentos más difíciles"), nos colgó después de explicarnos que nuestro predicamento no era una urgencia porque Dorián Gray todavía estaba vivo.

Turbados por el retaceo de la contención y orientación prometidas, decidimos recurrir a quien, desde hace ocho años, es nuestra analista y principal asesora en cuestiones de etiqueta.

- No pierdas el tiempo con las cocherías de Barrio Norte. Andá al Crematorio de la Chacarita. Yo ya fui infinidad de veces y te garantizo que te van a atender bárbaro - nos dijo, y procedió a contarnos la cremación de su abuelo.



El crematorio de la Chacarita

En realidad, la cremación de su abuelo no fue tal, sino una mera "reducción", el término que, en la jerga del oficio fúnebre, designa a la cremación de un cadáver que ha estado enterrado durante mucho tiempo. Nuestra analista tenía 20 años cuando su abuela le pidió que la acompañara a desenterrar, reconocer y cremar a su marido. Reconocer un cadáver que ha pasado más de una década en un ataúd sin soldar, en contacto con la tierra húmeda, es un acto de fe ("lo que es, es un asco," seguramente nos corregiría Dora, nuestra guía literaria y gurú en temas del corazón). Nuestra analista nos contó que después de que dos empleados del crematorio abrieron la tapa del ataúd y ella "reconoció" a su abuelo (su abuela nunca se bajó del auto), uno de los empleados alzó el cadáver, lo puso arriba de una bandeja de metal y lo metió en el horno encendido (mientras la escuchábamos intentamos imaginar cómo se "alza" un cadáver). Antes de que el empleado cerrara la puerta del horno nuestra analista vió como las llamas trepaban a la bandeja y abrazaban al cadáver, que empezó a saltar "como si tratara de escaparse". Luego de dos horas el mismo empleado abrió el horno y retiró la bandeja en la que humeaban las cenizas y los pedazos de huesos que no habían terminado de calcinarse. El otro empleado se acercó con un rodillo de metal, parecido a un palo de amasar harina pero más grande, y procedió a triturar meticulosamente los huesos de su abuelo hasta convertirlos en polvo también. Luego le pidieron a nuestra analista la urna que había traído, uno de los empleados la destapó, el otro le insertó un embudo de plástico, y entre los dos inclinaron la bandeja sobre la boca del embudo hasta vertir todo el polvo en su interior. La urna estaba caliente y los empleados tuvieron que envolverla en una bolsa de arpillera para que nuestra analista no se quemara las manos.

En los pocos días que transcurrieron entre la charla con nuestra analista y nuestra propia visita al crematorio de la Chacarita para gestionar el prematuro encargo de Dorian Gray, empezamos a ver gente cremada por todas partes. Una mañana leímos en Clarín una nota sobre la muerte de un estudiante secundario que se cayó a un precipicio mientras caminaba por las montañas de las afueras de Bariloche durante su viaje de egresados. La nota estaba ilustrada con dos fotos. La primera, cuyo epígrafe era "La meta inalcanzable: El refugio de Laguna Negra, al que se dirigían los estudiantes", mostraba un edificio de dos plantas, construido con madera y piedras frente a una laguna de aguas azules. La segunda, cuyo epígrafe era "El destino: Los padres de Martín hicieron cremar sus restos, que serán depositados en este cinerario", mostraba un tonel de cemento y ladrillo visto, con una cruz blanca también de cemento en la tapa, en un rincón del patio del colegio Nuestra Señora de los Remedios, de la Capital.



Cinerario escolar


El día tórrido de principios de diciembre en el que finalmente entramos al Cementerio de la Chacarita para gestionar el encargo de Dorian Gray, lo primero que vimos fue un cartel que fortaleció nuestra convicción.

Disyuntiva


A medida que nos acercábamos, el Crematorio parecía un transatlántico llegando al puerto tras un largo viaje.



Amarra


Nuestra entrevista con el encargado del Crematorio se demoró porque los empleados del cementerio habían iniciado un paro sorpresivo de dos horas para protestar contra ciertos recortes presupuestarios ordenados por el Jefe de Gobierno de la Ciudad, Mauricio Macri. Mientras esperábamos que terminara el paro, paseamos por el cementerio bajo el sol unánime del mediodía, que deshauciaba por igual a los vivos y a los muertos.

Las 95 hectáreas que ocupa el cementerio están divididas en secciones muy distintas:

La calle de pueblo



La playa agreste


La ciudad del futuro


Rosa María, la encargada del baño de damas de la Sección 7 E, dedicada a las "Personalidades", nos ayudó a encontrar el sepulcro de Alfonsina Storni ("entre Sandrini y los De Caro"), y nos contó que trabaja los siete días de la semana y nunca se toma vacaciones porque sino extraña.

- ¿Extraña el trabajo en el baño de damas? - le preguntamos jovialmente incrédulos.

- No, a mi nietito. Me lo traje acá al lado para tenerlo cerca - dijo, y señaló una hilera de sepulturas guarecidas del sol por la pared del baño.

La tumba de Tobías estaba decorada con un ramo fresco de calas blancas, tres ángeles de yeso, un escudo de Boca Juniors y una muñeca de Hello Kitty colgada boca abajo. Contagiados de costumbrismo, le preguntamos a Rosa María si "Tobías está solito" (imaginamos un abuelo enterrado junto a él).

- Para nada, en esta fila son todos bebés.

Tobías Manfredi (4/2/08 - 8/2/08)

En el camino de regreso al crematorio, al costado de una avenida de eucaliptos, encontramos al señor Ramón y su cuadrilla “sepultando” en la Sección 20. El fruto de su labor eran tres hileras contiguas de fosas irregulares y montículos de tierra fresca.



Tierra



Ramón nos explicó que acababan de excavar dos docenas de sepulturas de muertos cuyos contratos de alquiler de ocho años ya habían caducado, y que esa tarde enterrarían en su lugar a otros tantos fallecidos recientemente. Simulando desinterés, vencidos el temor y el asco por la curiosidad y el morbo, nos asomamos al interior de las dos fosas más cercanas, esperando descubrir maderas deshechas, harapos desteñidos, huesos amarillentos. Estaban vacías.

- Esos ya están en el muro – dijo Rubén, mientras se refrescaba tomando naranjada Goliat.

- ¿En el muro?

- El muro de Newbery, el osario general.

Antes de despedirnos, quizás porque percibió cierta consternación en nuestro súbito silencio, Rubén se sintió obligado a aclararnos que él y sus muchachos hallaban satisfacción en su oficio.

- Trabajamos al aire libre, los muchachos y yo, y cuando nos ponemos tristes, que no nos pasa seguido, paramos un ratito a descansar y yo escucho la música en mi walkman. Sienta qué lindo – dijo, y nos ofreció uno de los auriculares para que nosotros también escucháramos las voces de Los Manseros Santiagueños cantando “no sé si llegaré donde tu estás”.

Pausa



Un rato más tarde nos sentamos frente a Eduardo, el jefe del crematorio, y escuchamos sus precisiones sobre el proceso de cremación - la temperatura que alcanzan los 16 hornos (entre 800 y 1000 grados centígrados), la duración del proceso (dos horas y media), la cantidad de cremaciones diarias (entre 60 y 70), el aspecto de los restos cremados antes de la aplicación del rodillo (rescoldos de brasas de carbón), la respuesta al interrogante sobre cómo se alza un cadáver (se da vuelta el ataúd antes de abrirlo y se usa su tapa como bandeja), el porcentaje de muertos que son cremados (100% porque “más tarde o más temprano, todos terminan acá”) –, pero nuestra atención aún flotaba en el aire libre que habitan Ramón y sus muchachos.

Antes de que se hicieran las 5 de la tarde y el cementerio cerrara fuimos a conocer el muro. El osario general de la Chacarita es una franja de ocho metros de ancho, protegida por una reja, que bordea casi toda la extensión del viejo muro de ladrillo de la calle Jorge Newbery.

El muro

Bajo la tierra batida del osario general se mezclan los restos reducidos a cenizas de todos los muertos del cementerio que, como diría Eduardo, más o tarde o más temprano, terminan allí. Ramón y sus muchachos, y las demás cuadrillas de sepultureros, son los encargados de enterrarlos, y, cuando los deudos no asisten a la inhumación, se ocupan de clavar en el muro un recuerdo del muerto. La vida de cada uno de nosotros es una sucesión de manos que intentan sostenernos. La muerte, aprendimos esa tarde en la Chacarita, no es demasiado distinta. Y que sean las manos de Ramón y sus muchachos las últimas que lo intenten no es un destino indigno. Aún para Dorian Gray.

"Hoy no le temo a la muerte"

31 comentarios:

Anónimo dijo...

Papi merece un Recoleta, no a la fogata.

Anita dijo...

perfecto que quiera que lo cremen...imaginate diez años después que lo tengas que reconocer al sacarlo del cajón para cremar...terrible!
y qué turra la abuela de tu analista...se quedó en el auto la vieja...

EmmaPeel dijo...

En el paredón de Newbery se juntan las comparsas del barrio a ensayar para carnavales tuitas las noches de verano(la única forma que encontraron de que los vecinos no se quejen)



pd. ¡No le dejaste unos jazmines a Gilda?

Tommy Barban dijo...

Gilda está en la Chacarita!? No sabía! Dónde? Hoy mismo le llevo las calas blancas.

El Mellizo dijo...

claro, esos otros vecinos no se pueden quejar.
buena crónica tommy.

Anahí Lazzaroni dijo...

Hace unos cuantos años mi abuela italiana, radicada de por vida en un pueblo del sur de Santa Fe, compró dos parcelas en el cementerio local. Una para ella y otra para su hijo mayor. Mi tío que era un jugador de aquellos y en cuanto pudo vendió la suya y se jugó el dinero. Por supuesto, mi abuela quedó horrorizada por la conducta de su primogénito en cambio yo me alegré. Siempre me produjo mucha melancolía el vínculo con la muerte que tienen en esa zona, sobre todo en los pequeños pueblos. Me sorprendió que en Rosario también se estilara.

EmmaPeel dijo...

Rosa María no sólo te negó la foto sino que te mandó para el lado de Alfonsina (claro, muy Gilda no dabas, ¿ves cuando te decimos que hay que hacer fashion emergency?)

Anónimo dijo...

Nada más adecuado que Frenkel para cerrar el post.

meki dijo...

Excelente crónica.
El fashion emergency está en marcha. El look Lost ("estamos en la isla, queremos salir") se viene afianzando lindo. Para el fin del verano vas a haberlo logrado, Barban.
Felicidades!

Bruja dijo...

muy buena crónica.
...






:(
no puedo dejar de pensar en el embudito de plástico...

Tommy Barban dijo...

Emma y Meki: Es así nomás, el lunes compro las converse (color?); ahora sólo me falta voluntaria que las agujeree.

Bruja: con ese embudito se pasó de rosca el verosímil, no?

Anahí: No es Rosario; es mi familia.

Mellizo: Estás llevando la cuenta de todas las que te debo de este mes?

Anónimo dijo...

Ahora sí, Barban, un poco de desapego del myself, una atención a eso que dicen los demás y, sobre todo, un espacio reservado a la sorpresa: esto ya se va pareciendo a una crónica. El profesor

Anónimo dijo...

¿Mairal, Prieto o Link?

Anónimo dijo...

Descartado Link: demasiado ocupado en su propio myself. Pauls? Dora? Mhhhh

Anahí Lazzaroni dijo...

Tommy:

Si esa costumbre no esta arraigada en Rosario entonces tu madre tiene hábitos muguetenses. Acabo de consultar y ahí se acostumbra el que tiene posibilida económica les regala lugares en el cementerio a sus hijos.

Simpática y puntual dijo...

uy qué intriga herr professor.

ri dijo...

profesor, profesora
flexiona genero.
descartemos a Dora

pense que la portuaria se terminaba en selva

Ni loca... dijo...

Algo que siempre me intrigó: ¿y el olor? Se me hace que una vez que entrás a trabajar ahí, la nariz se satura y empieza a reconocer un único registro. O algo así.

girlontape dijo...

"La vida de cada uno de nosotros es una sucesión de manos que intentan sostenernos." Hermoso.

Ana C. dijo...

Esto casi entra en el género del ensayo antropológico. Muy bueno.

Cosima dijo...

Muy risueño y desapegado. Ojala no te roce de cerca la muerte pronto.

Mary Poppins dijo...

Vivi en una casa de 200 años en España , la propietaria señora de unos 80 habia contratado su butaca, mas bien palco en el cementerio del pueblo.
Me mostro el catalogo y el marmol seleccionado para abrigarla eternamente. Despues me dice: "Escushame Titi, io ahora rodeo todo el marmol con rejas para que los chavales no se me sienten arriba mio a fumarse los mariajuanas"

Mary Poppins dijo...

hizo su living will?

Mary Poppins dijo...

Hay cierta fascinacion con la muerte ancestralmente.
Siempre visite cementerios y busco donde estan los famosos. Me gusta Pere Lachaise y el de Praga.

Arlington no tiene gracia pa'na'

debo ser un "celebrities stalker's after death

emeygriega dijo...

Recomiendo siempre el cinerario de la Guadalupe, en Palermo Soja, no tan exclusivo como el del Socorro pero con muy buena línea.
Discreto, bonito, permite tomar una granadina en la plaza mientras vemos el aura de la abuela asomando su copa, como quién dice: estoy fenómeno.

Feliz 2009, análisis en mano, y no vuelvas a pagar la cuenta a escondidas nunca más.
(qué calidad, éso es un dandy).

Anónimo dijo...

Eso es culpa y guita sucia.

Anónimo dijo...

Cosima muy pelotuda, fiel a su costumbre.

Cosima dijo...

Siempre me dieron entre gracia y pena los que no se animan a decir las cosas y firmarlas, como el comentariasta supra.

Anónimo dijo...

Ojala el 2009 te encuentre menos imbecil.
Anonima supra.

simpática y puntual dijo...

hola, tomás!
feliz año nuevo! felicidades, por muchas más de tus geniales crónicas!!!!

saluditos para los lectores de este blog!

Merita dijo...

Y eso, Tommy, que no estuviste en la Recoleta de Asunción. Ahí sí que tenés para hacer miles de posteos. Por ejemplo, llega un momento que TODOS los caminosestán cerrados por algun ¿mausoleo se llaman las 'casitas'? y uno tiene que TREPAR ( sí, trepar por las tumbas) para llegar al otro lado. Obviamente mi papá y yo le preguntamos a la mujer encargada cómo hacían para poner muertos nuevos, y nos respondió, como nosotros sospechábamos, que hay que trepar lo mismo, sólo que con el cajón a cuestas. Incluso los paraguayos siempre dicen que si te enterrás en Recoleta tenés que llevar un cajón de silicona para soportar el bamboleo. Quéselevaser. Ah ajajja también hay una parte en las que están los cajones abiertos ( sí, tengo 14 años, tuve que mirar ! ) y como en invierno hacen 34°C los trabajadores están durmiendo en carretas en las que no me animé a preguntar qué llevan, pero el hecho de ver a los tipos semiinconscientes en una carreta te hace dudar si serán empleados o usuarios. Por eso te recomiendo si pasás por Paraguay no te lo pierdas, es una experiencia patética y enriquecedora :) Besos